Por
Ariel Campanari, Cybersecurity Practice Manager, Baufest
La
contingencia sanitaria modificó los hábitos de consumo: por un
lado, impulsó el comercio electrónico, cuyas ventas crecieron un
36,7% en 2020 en Latinoamérica –de acuerdo con la firma
eMarketer–,
pero también se incrementaron los ciberdelitos, cuyos daños
alcanzarán los US$ 6.000 millones en 2021, según datos del Reporte
de Ciberseguridad 2020,
elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Una
encuesta realizada por Lumu
Technologies
revela que durante la pandemia, el 70% de las organizaciones en la
región vieron incrementados los casos de ataques y/o amenazas en sus
sistemas.
Si
bien los bancos, empresas e instituciones de gobierno constantemente
refuerzan su seguridad informática, la realidad es que sus sistemas
son falibles y uno de los eslabones más débiles de esta cadena,
somos nosotros: los usuarios. Frente a este panorama, proteger
nuestra información para evitar ser víctima de estafas en línea,
secuestro de datos y suplantación de identidad es algo que está en
las manos de cada uno.
Muchas
empresas, para asegurar que sus empleados no envíen información
sensible o crítica fuera de la red corporativa, cuentan con
estrategias de “Prevención de Pérdida de Datos” (DLP, por sus
siglas en inglés). Este tipo de políticas se pueden replicar
tomando cinco principales pasos e incorporarlos en el día a día
para mejorar la seguridad de nuestros datos. También permite adoptar
hábitos saludables que reducirán los riesgos de sufrir un ataque.
Clasificar
la información:
lo primero es elegir aquellos datos que quiere y puede compartir. Se
recomienda evitar dejar visibles el correo electrónico, teléfono y
dirección, ya que son considerados sensibles y ayudan a los
delincuentes a alcanzar su objetivo.
Adoptar
costumbres ciber saludables:
el aumento de los delitos virtuales obliga a tomar mayores cuidados.
Por ejemplo, se recomienda evitar interactuar con correos
electrónicos de desconocidos, o por lo menos, de manera inmediata;
mantener actualizados el software y atender los avisos del sistema
operativo, contar con antivirus y cortafuegos o firewall.
Un elemento de vital importancia y que en la mayoría de los casos se
descuidan, son las contraseñas. Se recomienda que tengan de más de
ocho caracteres alfanuméricos y que sean diferentes para cada
cuenta, así evitamos que cuando una de las aplicaciones que se usa
es hackeada
haya que cambiar todas sus contraseñas. Finalmente, es recomendable
tener control sobre los accesos públicos de WiFi, en especial al
ingresar a una plataforma bancaria. Dado que las mismas trabajan con
protocolos seguros, una de las mejores prácticas ante esta forma de
conexión es una vez finalizada la operación cerrar la sesión
inmediatamente.
Prestar
atención:
cuando navegamos por Internet nos concentramos en lo que buscamos o
realizamos, sin prestar atención a las ventanas emergentes. En
muchas ocasiones aceptamos lo que ofrecen sin revisar su contenido.
Este recurso se utiliza para aprovechan de que los usuarios quiere
tener sus dispositivos seguros y les piden dinero para solucionar un
problema o resolver una amenaza inexistente.
Reconocer
los límites de la tecnología: sin
duda, la tecnología ha sido una gran aliada, especialmente durante
los últimos meses. Sin embargo, carece de perfección y los
delincuentes lo saben. Por eso están dispuestos a vulnerar
plataformas, tal fue el caso de la aplicación de citas Ashley
Madison, de la que se filtraron los datos de 37 millones de usuarios
del servicio.
Autogobernarse:
el último paso implica seguir los cuatro anteriores, de manera
recurrente, para así proteger sus datos de manera responsable.
De
esta manera aplicaremos acciones de seguridad que ayudarán a
disminuir la probabilidad de ser víctimas de fraudes cibernéticos,
al mismo tiempo que seremos responsables con el manejo de información
que tenemos disponible en las diferentes aplicaciones y plataformas
que usamos regularmente. En el contexto actual, ante el incremento de
la inseguridad digital, esto se convirtió en una necesidad.