• “Tengo el compromiso con la sociedad de formar mejores artistas y
ciudadanos a través de la música, quienes contribuirán al
resplandecimiento de la cultura”.
• Cuenta historia personal y profesional como chelista y formador de muchas generaciones de jóvenes dedicados a la música.
• Dirige, desde 1991, el Conservatorio de Música del Estado de México, del cual es fundador.
Toluca, Estado de México, 28 de agosto de 2019. La
historia de la música, de los logros sociales a través de los
instrumentos, la transformación de vidas con las notas musicales es
parte de una labor constante de personas apasionadas cuyo objetivo es
engrandecer los espíritus por medio del arte.
Así comienza la historia del Doctor Laszlo Frater Hartig, músico nacido
en Budapest, Hungría, hace 71 años, y quien desde pequeño supo que su
vida estaría consagrada a la música, primero por la dinastía de
profesionales chelistas de la que descendía y, después, porque descubrió
en el violonchelo una compañía inseparable.
“Yo provengo de una familia tanto de padre como de mi madre de músicos.
Dentro de la familia más amplia había cuatro chelistas, violonchelistas,
mi tío materno Tibor Hartig fue mi primer maestro, él era un reconocido
violonchelista y maestro en la afamada academia Franz Liszt, de
Budapest”.
Con la energía que lo caracteriza, Laszlo, de voz fuerte e inigualable
acento húngaro, recuerda que “desde niño estaba rodeado de la música,
muy en particular del violonchelo, que tocaba mi tío, mi tía Ana Hartig y
una sobrina mía; ellos ya se me adelantaron, yo soy el último chelista
de Frater Hartig con vida”.
Corrían los años de la revolución que, durante tres días realizó el
ejército comunista ruso sobre Hungría, cuando la familia de músicos
Frater Hartig, se vio obligada a huir de su hogar.
“El tercer día tuvimos la oportunidad de huir al Occidente por la única
frontera que todavía estaba abierta donde pudimos escapar, fue
Yugoslavia, al sur, donde realmente era muy traumático en media noche en
aguacero, lloviendo, llegando a la frontera, yo cargando el chelo, no
tuve obviamente el chelo con un estuche duro como hoy, sino de tela y
cargando me caí varias veces, una de ellas me caí y rompí el chelo en
pedazos, pero yo lo seguía cargándolo”.
Ante estas vicisitudes y con el espíritu de salvar la vida y con ella su
instrumento, Laszlo comparte que durante muchos años vivió esa
pesadilla que le dejaron las armas y fue en la música que encontró
refugio y paz.
En la forzada huida, su chelo, fiel compañero de vida, quedó destrozado,
por lo que Laszlo lo trató como tal, dándole digna sepultura.
“Para muchos niños, al romper su instrumento bajo tales circunstancias
hubiera sido el fin de su promisoria carrera de tocar el chelo, para mí
era el renacimiento de mi amor para este instrumento, al día siguiente
yo le pedí a mis papás que hiciéramos un entierro formal para mi chelo”.
Así, la familia que buscaba un hogar, se trasladó de Yugoslavia a
Alemania Federal, cerca de Frankfurt. Allí fue admitido, a muy temprana
edad, en el Conservatorio de Música y, tocaba tan bien el chelo que, con
12 años, fue inscrito al Concurso Europeo de Juventudes Musicales, del
cual, por supuesto fue el indiscutible ganador.
Gracias a este premio y a su talento, Laszlo Frater tuvo la posibilidad
de estudiar durante un año con el personaje más sublime del violonchelo
del siglo XX, Pablo Cassals, quien era ya un señor grande y vivía en
Prades, al sur de Francia.
“Yo como niño, aprovechando esta increíble oportunidad de estudiar con
este hombre más distinguido, tuve que viajar solo de Frankfurt,
quincenalmente para una clase con el maestro Cassals, que era la
vivencia de mi vida”.
Continuó sus estudios hasta culminar una maestría en el Conservatorio de
Frankfurt y posteriormente fue invitado por el maestro Janos Starker,
gran chelista del siglo XX, para asistir a la afamadísima escuela de
música de Indiana, University School of Music. Llegó como estudiante,
luego asistente personal y finalmente fue profesor asistente.
“Paralelo a mis estudios de posgrado, yo viajé mucho para dar conciertos
en diferentes partes de Sudamérica desde Argentina para arriba. Un día,
mi maestro en un invierno se enfermó tuvo problemas con pulmón,
neumonía, entonces, como yo tocaba el mismo repertorio que él y había un
concierto programado en México, me dijo: vas a venir a suplirme. Me
enamoré en estos días de las montañas, de las mares, de las bellezas
geográficas de México”.
El año de 1976 fue que Laszlo regresó a México, después de haber
terminado sus estudios y formó parte de la Orquesta Sinfónica del Estado
de México (OSEM), como primer violonchelista.
En 1988, Miguel de la Madrid le otorgó la Condecoración del Águila
Azteca como fruto de su desempeño y contribución a difundir el arte
musical en México.
Además, fue nombrado asesor cultural de gobernadores, particularmente
con Mario Ramón Beteta e Ignacio Pichardo Pagaza, este último quien se
encargó de crear un grupo de intelectuales para fundar la Escuela de
Música de primer nivel y poder atender el extraordinario talento con que
cuenta la juventud mexicana.
Dando continuidad a su labor como músico y sintiendo el deber de buscar
el derecho a la profesionalización de las y los mexiquenses en la
música, fundó, en 1991, impulsado por el Gobierno del Estado de México,
el Conservatorio de Música de la entidad, institución que dirige desde
entonces.
Al inicio contó con 110 alumnos, 12 maestros y 10 administrativos: Hoy
son 850 alumnos y 120 maestros, de sus filas han egresado especialistas
que han ganado concursos internacionales, ellos han llegado muy alto y
son la razón que catapulta al COMEM en la vanguardia de la educación
musical en México y el gran orgullo del trabajo y dedicación de Laszlo.
“Aprovecho toda la experiencia que Dios me permitió como músico en los
más distinguidos conservatorios del mundo, europeos, americanos,
canadienses, y con esta idea de aplicar lo mejor que yo sé, y lo mejor
que yo he recibido pagarle todo mi afecto y cariño que he recibido de
México”, finalizó.