CDMX, once
de marzo de 2024.- El CEM coincide de que la energía es el
motor que impulsa la vida humana, nuestra industria y nuestra economía, siendo
un elemento estratégico para el desarrollo, la seguridad y la sostenibilidad de
nuestro país; por lo que la soberanía energética, garantiza el acceso a
recursos energéticos, pero pensamos que lo más importante es que la
electricidad sea barata y de calidad en beneficio directo de los mexicanos.
Insistir
en una postura insensata y sin sustento de que debe protegerse una empresa
pública, que además no ha demostrado su eficiencia operacional, altamente
contaminante y miope ante las alternativas que ofrecen fuentes de energía
renovables, más baratas y accesibles provenientes de la naturaleza como el
viento y la energía solar, solo deja ver intereses mezquinos de gobierno, peor
aún en el umbral del periodo electoral más importante del país, perdiendo
legitimidad una propuesta de reforma con intenciones que favorezcan realmente
al país y sus habitantes.
Asegurar
nuestra estabilidad, suficiencia y autonomía energética, no es un asunto de
política para fortalecer las capacidades del Estado y menos de las empresas
públicas como la Comisión Federal de Electricidad (CFE), es más bien un tema de
análisis acucioso y serio de los especialistas para reconvertir un sistema que
no ha funcionado, ni funcionará si no se incluyen en la ecuación energías
renovables, limpias y más baratas como generadores.
El
objetivo entonces es beneficiar a las familias mexicanas y los negocios con
tarifas económicas, sin importar quien venda la energía, y en ese sentido el
papel de la CFE es irrelevante porque solo debe ser un medio, no un fin para
lograrlo.
Estamos
convencidos de que el punto neurálgico que permitiría mantener la soberanía
energética no se centra en fortalecer la producción de la entidad pública
responsable, sino garantizando a través de la nación que la transmisión y
distribución sea de calidad con infraestructura robusta, de actualidad y
suficiente, aprovechando la generación de mejores, más baratas y más eficientes
fuentes alternas, que, gracias a la tecnología, ya no es la que se obtiene de
combustibles fósiles.
Uno
de los ejemplos más claros de la importancia de la energía como derecho humano
para su desarrollo es el que experimentamos hace 4 décadas cuando solo existía
una empresa telefónica que ofrecía el servicio público en todo el país y se
limitaba a la adquisición por parte de la clase media y alta de la población
que podía adquirirla, hasta que la propia fuerza del mercado, la necesidad de
comunicación y la tecnología evolucionaron para hacerla accesible a todos,
logrando que hoy en día más de 90 millones de mexicanos de cualquier estrato
social accedamos a la telefonía celular. Este conjunto de elementos
involucrados en el desarrollo de las comunicaciones logró que hoy contemos con
un servicio barato gracias a la competencia de las empresas privadas de telefonía
y a la creación de un órgano regulador autónomo, que ha vigilado la sana
competencia en favor de los mexicanos.
En
conclusión, el papel del Estado en sectores estratégicos como el de energía
eléctrica es establecer una regulación clara y equitativa, así como vigilar que
no se monopolice garantizando su acceso a toda la población, dejando que los
expertos en generación aporten para su mejor aprovechamiento las fuentes y se
transformen, siendo el estado quién la transfiera y distribuya con la
infraestructura y tecnología a su alcance para que llegue a buen precio al
consumidor sea doméstico o comercial.
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