Cher Alfonso Cuarón Orozco;
Estimados directores del Festival internacional de Cine de Morelia: Daniela Michel, Alejandro Ramírez Magaña y Cuauhtémoc Cárdenas Batel;
Chères Ava Cahen, Déléguée générale de la Semaine de la Critique et Delphyne Besse, représentante d’Unifrance.
Queridos amigos del cine, de la cultura y de las artes;
Señoras y Señores:
Es un gran honor y una gran emoción estar hoy aquí, en el corazón mismo del Festival Internacional de Cine de Morelia, para rendir homenaje a uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo.
Esta ceremonia tiene, además, un significado muy especial.
En este año 2026, Francia y México celebran el bicentenario de sus relaciones diplomáticas: doscientos años de historia, de intercambios y de amistad entre nuestros dos países.
Y qué mejor manera que celebrarlo a través del cine, ese arte que convierte las distancias en encuentros y hace de nuestras diferencias una fuente de diálogo.
Hoy, Francia desea reconocer a un artista mexicano cuya obra ha alcanzado una dimensión universal y que, a lo largo de su trayectoria, ha tejido vínculos muy particulares con nuestro país.
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Estimado Alfonso Cuarón, cuando usted habla de sus comienzos, no habla primero de premios, de grandes producciones ni de Hollywood.
Usted habla de una necesidad.
Usted creció en una familia de clase media, en un México que ya había dejado atrás la época dorada de su cine. Muy pronto, el cine se convirtió para usted en mucho más que una profesión: una necesidad vital.
Eso dice mucho de su trayectoria, como actor, guionista, editor, productor, director de fotografía y director.
Porque detrás del director de Gravity, de Children of Men, de Harry Potter and the Prisoner of Azkaban o de Roma, está aquel hombre que encontró en el cine una manera de comprender el mundo y de encontrar su propio lugar en él. .
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En 1988, usted fue primer asistente de dirección de la directora francesa Arielle Dombasle en Les Pyramides bleues, una película franco-mexicana protagonizada por ella junto a Omar Sharif.
Arielle dirá que usted es “un ser maravilloso, hipersensible, observador y extraordinario”. Me parecen palabras particularmente acertadas: si algo caracteriza su cine, es precisamente esa capacidad de mirar.
Mirar a los seres humanos en situaciones extremas.
Mirar la infancia y la memoria.
Mirar la soledad, el miedo, la desigualdad, la esperanza y la resiliencia.
Y hacerlo siempre desde una perspectiva profundamente personal.
Esa mirada tan especial encontró también en Francia un territorio de creación.
En 2006, usted participó en la película colectiva Paris, je t'aime, presentada en la apertura de Un Certain Regard en el Festival de Cannes.
Dos años más tarde, volvió a Cannes, esta vez como miembro del jurado de la Competición Oficial, presidido por Sean Penn, y junto a la inolvidable Marjane Satrapi, cineasta y autora de cómics franco-iraní, cuya memoria nos es hoy tan querida.
En 2017 regresó una vez más, para dar una generosa Lección de Cine junto al eminente crítico francés Michel Ciment. Al evocar sus comienzos, usted definió su vocación como un “instinto de supervivencia”. Unas palabras que, más allá de su propia historia, suenan como un mensaje de aliento a las nuevas generaciones de cineastas: seguir su voz, perseverar y no renunciar nunca.
Desde aquel joven asistente de dirección de una película franco-mexicana hasta el cineasta que hoy conocemos, hay un mismo hilo conductor: una mirada que nunca ha dejado de buscar, de cuestionar y de descubrir.
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Durante aquella conversación con Michel Ciment, usted evocó también su experiencia en Hollywood: un capítulo decisivo de su trayectoria, que le permitió trabajar a otra escala, explorar nuevos lenguajes y asumir grandes desafíos.
Y, en un momento dado, sintió la necesidad de volver a México. Fue allí, dijo usted, donde volvió a encontrarse a sí mismo y a redescubrir su propio país.
Quizás ahí reside una de las claves de su trayectoria: en ese ir y venir entre mundos, entre culturas y entre maneras de hacer cine, que le permitió enriquecer su mirada sin perder nunca sus raíces.
Y tu mamá también lo demostró.
Roma lo llevó todavía más lejos. Una obra profundamente íntima, arraigada en su infancia, en la Ciudad de México y en la memoria de una familia, que consiguió conmover al mundo entero.
Quizás ahí reside una de las grandes enseñanzas que nos deja su cine : para hablarle al mundo, no hay que dejar de ser uno mismo.
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Es precisamente lo que celebramos en el marco del bicentenario de las relaciones diplomáticas entre Francia y México.
Y por eso es profundamente simbólico que Francia le entregue hoy esta distinción aquí, en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia.
Quisiera aprovechar este gran momento para agradecer muy sinceramente a sus directores, Daniela Michel, Alejandro Ramírez Magaña y Cuauhtémoc Cárdenas Batel, y a todos los equipos del Festival, por su amistad y por su fidelidad a los lazos que unen a nuestros dos países.
A lo largo de los años, su trabajo ha contribuido de manera decisiva no solo a dar visibilidad a las películas, sino también a hacer posibles encuentros, colaboraciones y coproducciones fértiles entre nuestros profesionales.
La Orden de las Artes y las Letras distingue a quienes, mediante su creación, contribuyen de manera excepcional al enriquecimiento de las artes y al diálogo entre las culturas.
Su trayectoria, Querido Alfonso Cuarón, encarna plenamente ese espíritu:
Por su contribución extraordinaria al cine contemporáneo ;
Por la libertad y la singularidad de su mirada ;
Por su capacidad de reinventarse sin dejar nunca de ser usted mismo ;
Por haber llevado la cultura y la sensibilidad mexicanas a públicos de todo el mundo ;
Y por los vínculos que, a lo largo de su trayectoria, ha tejido con Francia.
Monsieur Alfonso Cuarón Orozco, au nom de la ministre de la Culture, nous vous remettons les insignes d’Officier de l’Ordre des Arts et des Lettres.
¡Felicidades!
¡Vive el cine!
¡Viva la amistad franco-mexicana!
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