Por
José Lorenzo García, General Manager de Biocodex México
Cuando
hablamos de salud, solemos pensar en hospitales, consultas y tratamientos: en
el momento en que algo ya salió mal. Sin embargo, cada vez es más claro que una
de las inversiones con mayor retorno para el bienestar de las personas ocurre
mucho antes de ese momento, en el terreno de la prevención.
Y no
se trata solo de evitar enfermedades. Una población más sana significa mejor
calidad de vida, mayor productividad, menos presión sobre un sistema de salud
ya tensionado y una economía con mejores condiciones para crecer. Dicho de otro
modo: prevenir genera valor para las personas, para las empresas y para el país
al mismo tiempo. Pocas inversiones en salud pueden decir lo mismo.
La
buena noticia es que esta visión empieza a ganar terreno. Uno de los ejemplos más
interesantes es el creciente interés por la microbiota, el conjunto de
microorganismos que habitan nuestro cuerpo y que cumplen un papel esencial en
la digestión, el metabolismo, la respuesta inmune e incluso en la salud mental.
Lo que hace apenas unos años era casi exclusivo de la investigación científica
hoy forma parte de una conversación cada vez más presente entre médicos,
pacientes y consumidores.
Los
resultados del Observatorio Internacional de la Microbiota 2026 confirman ese
cambio. Tres de cada cuatro mexicanos han escuchado hablar de la microbiota, un
nivel de conocimiento superior al promedio internacional, y el 95% considera a
los profesionales de la salud como su fuente de información más confiable sobre
el tema. Ese segundo dato es, para mí, el más alentador: significa que la
ciencia está llegando justo donde puede transformar decisiones, que es la
consulta médica. En un entorno saturado de información de dudosa calidad, que
la gente siga confiando en su médico no es un dato menor; es un activo que hay
que cuidar.
Ese
cambio de mentalidad también se refleja en el mercado. De acuerdo con IMARC
Group, el mercado mexicano de probióticos alcanzó cerca de 811 millones de dólares
en 2024 y podría superar los 1,466 millones hacia 2033. Pero leer esas cifras
solo como el crecimiento de una categoría sería quedarse corto. Lo que revelan
es un cambio de conducta: cada vez más personas buscan cuidar su salud de forma
preventiva, y no únicamente reaccionar cuando la enfermedad ya apareció.
Y, sin
embargo, el verdadero desafío apenas comienza. El propio Observatorio muestra
que el conocimiento todavía no se traduce en hábitos sostenidos. Aunque la
mayoría de los mexicanos ha oído hablar de la microbiota, solo una cuarta parte
afirma comprender realmente qué es y cómo influye en su salud. Y persisten
grandes oportunidades en hábitos concretos: una alimentación rica en fibra y
vegetales, el uso responsable de los antibióticos, y otras prácticas que ayudan
a preservar su equilibrio.
Esa
brecha entre saber y hacer es, al mismo tiempo, el mayor reto y la mejor
oportunidad de la salud pública en los próximos años. Cerrarla no es un
problema científico, la ciencia ya está bastante adelante; es un problema de
educación, de acompañamiento y de constancia.
Porque
construir una cultura de prevención exige mucho más que innovación científica.
Exige información basada en evidencia y, sobre todo, la participación
coordinada de muchos actores: profesionales de la salud, pacientes,
instituciones, academia, empresas y autoridades. Cada uno con un papel
distinto, pero todos frente al mismo objetivo: que las personas vivan más años
y con mejor salud. En esa cadena, quienes trabajamos en la industria tenemos
una responsabilidad que va más allá de vender producto: la de aportar evidencia
rigurosa y resistir la tentación de sobre prometer, porque cada promesa
exagerada erosiona la confianza que, precisamente, hace posible la prevención.
La
microbiota es un buen ejemplo de cómo la ciencia puede cambiar nuestra manera
de entender el bienestar. Nos recuerda que muchas de las decisiones cotidianas,
desde lo que comemos hasta cómo usamos los medicamentos, tienen un impacto
mucho mayor del que imaginamos.
Aprovechar
esa convergencia puede marcar la diferencia para las próximas décadas. Porque
el verdadero indicador de éxito no será el tamaño de un mercado ni cuánta gente
ha escuchado la palabra "microbiota". Será lograr que la prevención
deje de ser una recomendación y se convierta en un hábito compartido. Esa es,
quizá, una de las inversiones más valiosas que México puede hacer en su futuro.